Madre Naturaleza

En 2016 cumplí 50 años, una edad que francamente me ponía a temblar y me hacía pensar, sobretodo, en esa pregunta que a todos nos produce pánico: ¿dónde y cómo quiero estar?. 

Conocí a Marina Cano un tiempo antes de esta crisis, en un workshop que vino a dar a México. Lo primero que llamó mi atención es que era mujer —el dreamteam de la fotografía de naturaleza está casi siempre conformado por hombres—; lo segundo, que era alguien que sí compartía sus secretos fotográficos y personales; y lo tercero: ¿se puede alcanzar el éxito teniendo “ya” 50 años?. 

Ella lo logró, con su talento, experiencia y en especial con muchos viajes a África, quedando como finalista en un concurso muy importante. Me inspiró e impulsó su plática, y  me dije: —todavía puedes Guillermina—. ¡Ya sé qué quiero ser de grande! Siempre lo he sabido, esto fue lo que estudié y me he dedicado a fotografiar la naturaleza, pero nunca pensando realmente: ¡ahora sí la voy a hacer!. Ayudó muchísimo mi crisis de la edad, mis hijas ya haciendo su vida y mi madre a punto de morir; de galanes, ni hablar, jaja. 

Tenía que encontrar una pasión, más bien retomarla, pero ahora sí agarrarla como las leonas a su presa y no soltarla, porque de eso dependía mi supervivencia. Justo uno de los viajes que organizaba Marina coincidía con mi cumpleaños número 50, así que lo decidí: ahí quería estar. Aunque al final no lo logré en esa fecha, sí sucedió ese año. 

Hace 15 años fui a ese hermoso continente por primera vez, recuerdo bien la fecha porque ahí concebimos a Luciana, que ahora tiene 14 años. Yo quería que se llamara como esa tierra que huele a cielo por las mañanas, a tierra mojada, a sudor, a vida y a café caliente, a feromonas, ¿será que por eso me embaracé?. No recuerdo nunca haber despertado más feliz, me hacía feliz en especial el sonido de la noche, los animales acechando afuera, despiertas como deberías despertar todos los días de tu vida: “dando gracias por estar vivo”. Por la mañana, antes de clarear, viene un ángel (generalmente negro, no blanco como en la mayoría de los relatos) con café y pan recién horneado. Y cuando ¡por fin! puedes salir, porque en las noches está prohibido nomatterwhat, aspiras la primera bocanada de aire sintiendo que estás en el paraíso, sabiendo que el juego te espera, esa acción para la que los humanos estamos hechos. 

Es súper lúdico salir en safari, ir hacia lo desconocido, sin saber qué te puede tocar. Puede ser un día malísimo en el que no veas nada, o puede ser un día (como me pasó en mi primer día en Sudáfrica, en 2017) en que observes a los big five: elefante, león, leopardo, búfalo y RINOCERONTE —así con mayúsculas porque ya no hay, en los dos viajes anteriores me tocó ver uno en el Ngorongoro pero lejísimos; vi otro en el Parque Nacional de Nairobi, hermoso con una cría, pero al final en cautiverio—. 

Así que te aventuras a ver qué trae el día. Si tienes suerte, es un día como este que les relataré. Esta anécdota la platiqué varias veces cuando me entrevistaron por mi exposición: “Exstinctio: acción y efecto”, y la vuelvo a contar para explicar el por qué de mi pasión desaforada por África y sus animales:

Era la primera mañana de safari, ya en el vehículo, cuando empezó a clarear, vimos un elefante macho solitario frente a nosotras, en el camino. Estábamos en un terreno bastante complejo e irregular, no eran las extensas llanuras del Masai Mara. 

El jeep subía y bajaba, tenía que cortar ramas y sobretodo espinas. El lugar era solitario, no masificado como en el Masai que a veces parece una calle con tráfico, solo estábamos nosotras. De repente, por detrás de un árbol, como si esa pequeña rama pudiera esconder 2500 kg de peso, apareció un hermoso rinoceronte. Se asomó tímido y nos escrutó con sus ojos pequeños, nosotras a él y de nuevo, él a nosotras. Poco a poco fue asomando su cuerpo rotundo y hermoso, lleno de cicatrices dejadas por las múltiples batallas. Tras él, apareció la hembra, ¿o fue al revés y ya estoy poniéndole construcciones sociales a mi relato?. No lo sé, solo sé que ahora vi a dos hermosos y majestuosos rinocerontes a unos diez metros de mí. 

¡Mis hijas!, pensé por un segundo, y las vi mientras ellas me veían a mí —por un instante— con un dejo de duda. Ya que se estableció que no íbamos a dañarnos, pudimos estar cómodas en nuestro asiento para admirar la belleza de la naturaleza en todo su esplendor. 

Mi cámara disparaba sin detenerse un segundo, en ese silencio, el pequeño ruido era casi exasperante, pero ¡no podía desperdiciar la oportunidad única de fotografiar a esta belleza tan cerca! Fue la hembra quien se puso delante de nosotras en el camino, rotunda, gorda y hermosa, nos mostró todas y cada una de sus cicatrices, como sintiéndose feliz y orgullosa de quien era. Pudimos gozar de ese espectáculo largo tiempo, sin nadie que nos tapara la vista, sin pelear el lugar con otros autos, pero sobretodo: en la paz de ese espacio infinito que se llama gratitud. 

Lo que contado, y casi me ha costado la relación con mis hijas, ha sido que nunca en mi vida he llorado de felicidad como ese día, ni siquiera cuando nacieron ellas.

 

“Pero no pienses que la Madre Tierra esta fuera de ti. Porque, del mismo modo que llevas, en cada una de tus células, la impronta de la madre biológica que te dio a luz, también puedes encontrar, en lo más profundo de tu ser, a la Madre Tierra.” Tich Nhat Hanh